LA DELINCUENCIA.
Por:
LUIS RAFAEL ORONOZ BORDONES
Es una
conducta, que dibuja una forma de vivir, en contra de las formas que establece
la sociedad, a través de sus instituciones, y cuyas normas se deben
cumplir. Cometer un delito no es ser
delincuente sino un infractor, pero si esas infracciones son constantes, ya
estamos en otro plano: es un delincuente. Y lo es, independientemente de la
forma en que viva, lugar de residencia, ni entornos que frecuenta; es un
“malandro” de buena o mal formalidad, que es rodeado del poder, de ese poder de
hacer lo que decide.
La mente
domina el cuerpo, y el cuerpo es la individualidad que se ve; cuando se tiene
una mente en una dirección, es imposible rehacerla, porque la mente no se borra
por voluntad, sino que se debe tratar como lo que es, una enfermedad. Y cuando
se señala de la “reinserción del delincuente en la sociedad”, para indicar, que
borró su paso como delincuente y reasumió su papel en la sociedad; eso nunca es
así, lo que, si pudiera ser, es que entendió que este paso no le fue
conveniente de esa manera – sin eliminar experiencias, que es formación
imborrable hasta ahora – por lo que cambia de formas, sin olvidar “aquello” que
sabe hacer por experiencia y sin trauma.
El
delincuente, puede cambiar sin olvidar; y hasta puede pasar a otra forma de
delinquir, sin ser visto como un asocial, eso depende de lo que se le presente,
pero siempre va querer vivir con tranquilidad y comodidad. El delincuente no se
corrige, porque lo que siempre nota – mayormente – es delitos cometiéndose por
toda parte, en diferentes intensidades; en uno castigable y otros impugnes,
terminando concluyendo: “yo fui preso, por no tener dinero, ni palanca”. De
esto le brota un raro sentimiento de “odio con prudencia”, entrando en una
especie de expectativa social, para emprender un camino de acuerdo a lo que vea
surgir.
Estamos
“Xvocados”, al creer en una reinserción del delincuente; y cual si, el de un
simple infractor que pudo estar en la cárcel; tampoco es muy diferente la
conducta de un delincuente salido de una cárcel, a la del otro que no salga – por
no haber entrado – de una cárcel, sólo en lo que le impacta la cárcel; la
conducta, como arremetida contra la sociedad formal, es la misma; sólo puede
ser más grave ver delincuentes en prisión, y ver otro libre, evidenciando una
injusticia que crea odio, resentimiento contra la sociedad del preso,
familiares y amigos.
La
sociedad se equivoca, cuando arremete contra el preso, en tanto, el que no ha
ido a una cárcel, haciendo cosas graves, son “vivos” y hasta llamarlo “Don”,
cuando ha conseguido mucho dinero con esa “viveza”. Cada grupo social, juzga
conforme a su formación, esa es su gran debilidad, por la que no se es sincero
– con una débil formación – de juzgar como es debido, y favorecer el “vivo”,
que cree audaz.
El
delito, en la individualidad que lo comete, cuando es constante crea un hábito
convertido en condición permanente, que es de muy difícil regeneración. No
creemos en plan alguno de “inserción social”, porque no se inserta quien ya
está fuera de la sociedad que afecta, y tiene como víctima de su acción. Lo que,
si creemos en principio, en un programa general contra el delito, con leyes más
severas y realista, con una aplicación calificada por buenos jueces; de
segundo, establecerse un programa de ayuda al infractor primario - que no debe
ir a ninguna cárcel – sacándolo de su entorno social tradicional, ubicándolo en
otro como prueba, dándole formación, trabajo y confianza social.
La
cárcel tradicional, es hoy día un fracaso, porque no aísla, no regenera, ni
persuade, ni combate la adición a la droga la peor causa/consecuencia del
delito. Requiere, una reestructuración, que sea eficiente en sus cuatros sentido
ante enunciado; no pensar en una reinserción que es una mera hipótesis; y si en
una INSERCIÓN SOCIAL, con tratamiento y cura a la adicción a las drogas, así
como una formación profesional, iniciándose por un oficio; todo esto, con un
programa laboral. Por lo que así, estaremos insertando a la sociedad, a un
colaborador más; que casi seguro nunca estaba efectivamente insertado a la
sociedad que perjudicó.
El
delito, el delincuente, así como las penas, hay que observarla como parte de la
columna vertebral de la sociedad, y no como un catarro dentro de ella. En la
tipicidad de conducta, debe hacerse muy explícitas en el texto, y muy
publicitada la misma, de manera de poderse interpretar fácilmente por cualquier
lector, a los fines de su mayor publicidad, y poderse cumplir con su importante
fin intimidante.
Es así
que, valoramos mucho la pena de muerte como pena intimidante, ante de sanción;
de esta pena somos los mejores promotores; claro, en una sociedad mejor
organizada y con gobiernos respetuoso en extremo, de los derechos humanos. No
obstante, esta TIPICIDAD y con Jueces de cargo y no de condición, cuando un
ESTADO excede de formalismo, mata a su vez el combate efectivo de la
delincuencia; la tipicidad ampara el abuso del JUEZ que actúa en representación
del Estado, de tomar cualquier asunto por semejante con un delito a su capricho
o interés, o, de no aplicar igualmente una norma por capricho o interés, cuando
esta no está suficientemente clara. Hay conducta, cuya tipicidad y agravante no
resulta necesario exigir su tipicidad, porque en el mundo de la consciencia,
hay un razonamiento lógico que lo describe, cuando su gravedad es escandalosa;
es obvio que un HOMICIDIO es una conducta grave, por su resultado; pero su
ocurrencia implica que debe existir clara regulación normativa, porque ese
resultado fatal se debe valorar con mucha precisión, porque del mismo, se debe
sacar la conducta para valorarla y establecer muchos elementos, circunstancias
y razones – entre otros – para determinar su responsabilidad, teniendo ya claro
el imputado. Pero, hay conductas que no están tipificada en forma clara y
determinante, por ser actos novedosos que aun no se ha tipificado y se busca
eximir responsabilidades, por no estar regulada o precisa. Antes no había
instrumentos de comisión de delitos, por ejemplo: INTERNET, X, FACEBOOC,
TELEFONÍA CELULAR, pero debe la norma flexibilizarse a la rigidez de la
tipicidad, pero para esto, deben existir muy buenos jueces y una debida
fiscalización de ellos.
La limitación máxima de las penas, sólo se
debe establecer dentro de una política progresiva de docilidad de las penas de
cárcel, que demuestre su eficiencia; pero, no se deben eliminar las altas penas,
porque incentiva el regreso de graves conductas tenidas como superada, porque
ellas nunca se superan, sino por el miedo de las penas altas y en aplicación
eficiente.
En
cuanto a las penas, por igual, es de sumo cuidado, su tipicidad, aplicación y
ejecución. La tipicidad debe establece conjuntamente con el realismo, de la
gravedad de la conducta producida, propia de la representación en su mente del
causante del hecho, por ser igualmente representada o visionada por el común de
los individuos, y es aquí donde un jurado, en los tribunales de esa categoría,
con facultades para ello, pueda valorar esa conducta como grave, por encima de
la tipicidad. La VIOLACIÓN es una conducta grave, pero es mucho más grave, en
una niña o niño, así como de una individualidad minusválida o anciana; por lo
que la tipicidad como delito muy grave, no es debida para establecerla como muy
censurable, porque de por sí, lleva esa naturaleza implícita en la conducta,
bien esté o no tipificada, son conductas demenciales terrorífica de grave
impacto, que para lograr tal calificativo sólo hay que revisar los hechos, que
es lo objetivo o realidad, que no las normas que la tipifica. Poner libre a un
indiciado, por no haber plena prueba, es un asunto para proteger la inocencia;
pero no se debe declarar su inocencia, sin pleno descarte de su culpabilidad,
cuando existan severos indicios de su culpabilidad; debiendo permanecer la
condición de indiciado sin prescripción, ni darse como concluida las
investigaciones, hasta que el sobreseimiento de la causa quede firme. La
impunidad es tan impropia, como la condena al inocente; y eso nunca puede ser
un dilema para la investigación, porque siempre cualquier “señalado”, sin
tortura, suposiciones ni invento, se debe concluir a uno de esos extremos
necesario a llegar, por lo que se es inocente o responsable; nunca habrá un
medio culpable, ni un medio inocente; los medios son CULPABLES en otra
intensidad o en otro tipo de delito. Otros dirán:” Es que puede ser inocente de
ese delito que se le imputa”; a lo que respondemos: Puede parecer así, es un asunto
de común comprensión; pero una compresión lógica, nos indica, que lo revisable es
la conducta y los hechos para determinar su participación y establecer responsabilidad
por ellos, que el delito señalado en la imputación es cuestión de formalidad que
se puede acoger o apartarse de ello; y que la inocencia o culpabilidad, está señalado
en la comisión y sus características. Ser responsable de un delito de los derechos
propios como derechos humanos, significa el no cumplir con su deber de RESPETO de
los DD HH; y todo DD HH implica por igual el respeto correlativamente de los DEBERES
HUMANOS que sería de igual sigla “DD HH”.
Valoramos,
que en una sociedad de miseria y de gran pobreza, son el delito y los
delincuentes, sus mayores combustibles, más que su grave situación económica.
Origen del DELINCUENTE.
El
DELINCUENTE es un generador de conductas tipificada como delito, en forma
habitual o constante; cuando lo hace una vez, es un infractor que cometió un
delito, y per se, no es un delincuente, teniendo cuidado, cuando la comisión
del delito, no implique la aprehensión o condena como determinación de esa
primera vez.
El DELINCUENTE
habría que ubicarlo muy bien para poder calificarlo, en su origen. Si
observamos que, de la pobreza, brotan delincuentes por necesidades; estaríamos
hablando de consecuencia. El delito es anarquía que trae descontrol del orden e
irrespeto y violación a los DERECHOS de todo tipo y trascendencia; cuando es
desarrollado como actividad compleja de organización permanente, donde se privilegia
al dueño de la violencia, y sumisión ciega de las individualidades de su
entorno; estaríamos hablando de causa.
Si
integramos estos orígenes, pudiéramos tener un denominador común, que no se ha
señalado como tal, generador o generado, de una individualidad sumida en el
delito. Todas las vías señalan a la formación como constructor de las
individualidades, y a la justicia como constructor de su confianza en la
sociedad.
La
buena construcción de las individualidades, parte de crear en ese ser:
responsabilidad y respeto; de imprimir apego a la formación constante como
signo para el constante desarrollo; la necesidad de las reflexiones como vía
previa a las decisiones a tomar, que lo haga sensato, y pueda recorrer el
camino del vivir muy acorde con lo aprendido, sin desborde de conducta que
tente al delito.
La mala
construcción, como es obvio su deducción, es todo lo contrario; es una
construcción para fines sin orientación, donde pudiera surgir: un vago,
malandro, indecoroso, y así otros afines a esa desviación.
Que se
nos señale, como extremistas, lo podemos ser por directo; pero esto es para
reflexiones, y ustedes son los calificadores definitivos de estas
apreciaciones, que no son nociones, sino campos para definir.
El DELINCUENTE,
SER INSENSATO.
El
delincuente, no comparte el mundo sensato, porque su conducta siempre será
insensata; pero esto así expresado, no es un dogma, porque admite un
razonamiento. Y es este: Siendo la sensatez, un buen juicio, que implica una
conducta dentro de los parámetros de orden disciplina y cumplimientos de las
formalidades establecidas en la sociedad, resulta evidente, que la conducta del
delincuente, es todo lo contraria en sus generalidades, alejadas de toda
normativa de la sociedad DECENTE.
La
violencia- fuera de los casos de ser vía única, donde no hay alternativa
eficiente – es una conducta insensata por esencia. Y la acción en el delito
implica la violencia en cualquiera de sus formas, incluyendo la “violencia
pacífica”, que incluye el engaño o timo, adulteración, abuso de confianza,
aprovechamiento de ingenuidad o condición, apropiaciones indebidas de lo que ya
tiene, como ejemplo. Es violencia, porque es una conducta de aprovechamiento
ilegítimo contra la confianza natural, que impone el convivir social, para que
la sociedad pueda existir; eso la llamaríamos la BUENA FE PÚBLICA.
Eso ha
de ocurrir, con el engaño o exceso de confianza, es tanto como la “letra
chiquita en un contrato”; o establecer en un contrato algo de suma importancia,
tapado en asuntos repetidos sin mayor importancia; o generar el fraude del
lenguaje, impropio en un contrato común de convención rutinaria, utilizando
palabras técnicas o de poco utilización o muy refinado uso, que al ya estar
previamente impreso, el contratante no le da la importancia que en realidad
tiene , cayendo en una trampa bien montada. Es una violencia a temperada con
las formalidades y apariencias, aprovechando emotiva urgencia propio de la
inmadura consistencia de individualidades, de poca reciedumbre y seguridad.
Cuando
se va contra la BUENA FE PÚBLICA, siempre se utilizan finos medios de disfraz
de la intención de la otra parte; con mucha similitud con los asuntos normales
y de estudios de conducta humana en general. Normalmente se le dice MANIOBRA,
porque siempre se ha tenido la palabra “violencia” como una acción brusca, que
en estos actos no se observan, pero la maniobra es una acción de arremetida, y
como tal, es un acto singular de violencia.
En el
comercio, esta fórmula es muy constante, tanto en los contratos escrito, como
en los orales de rápida resolución; por lo que, a esta actividad mercantil, se
le ha identificado como la delincuencia tolerada, que la costumbre ha
legitimado.
El
DELINCUENTE está metido en toda parte, porque en toda parte, que nota facilidad
para delinquir logrando su indebida ventaja, no duda en hacerlo. El ser DECENTE
por convicción, no abrasa esta forma de vivir, por más necesidad que tenga, se
resiste hasta donde más; pero hay que tener presente que el DECENTE POR
CONVICCIÓN es un ser único, de muchas cualidades trascendentes, que lo mantiene
en esa posición, obviamente, son escasos, pero existen y abundantes; no tanto
como muchos, para lo cual si están los INDECENTES.
Por
todo estos vemos médicos, abogados, comerciantes, que se destacan por ir por el
dinero, sea por el medio que sea, y afectando a quien más puede, o buscando cualquier
objetivo de su proyección y deseo. Nadie conoce a otro, porque ese “otro” ni
siquiera él, se conoce a sí mismo; sólo conoce su gusto por su percepción
agradable, pero eso es de tiempo incierto de duración, por lo que es
coyuntural. El INDECENTE carece de valores, que lo pudiera frenar en su hacer
indebido, es una individualidad procaz, que no tiene atadura a los principios
morales.
En una
sociedad donde impera el orden, la justicia, la honestidad relativa, la
solidaridad, la autenticidad y la sensatez, el DELINCUENTE no tiene salida que
la de aparentar ser decente o ir contra esa sociedad; y esto hay que tenerlo
muy claro, al pretender reconocerle DD HH a quienes co cree ni respeta sus
deberes humanos, porque en esto hay un grave EQUÍVOCO, que mina la sociedad
decente.